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El inventario del pasado: Nuestra alma melancólica en conserva

con 2 comentarios

Alfredo Zavaleta Betancourt

Del Moral Tejeda, Agustín, Nuestra alma melancólica en conserva, UV, 1997, Xalapa, Ficción, 236 pp.

Agustin del Moral Tejeda

Agustín del Moral Tejeda

Esta novela podría ser una historia amarga, si la soledad no fuera una oportunidad para modelarnos como siempre hemos deseado. En ella, el narrador decide reunir la pedacería del pasado que le inquieta para ofrecernos una ficción útil para él y sus lectores; sobre todo, para quienes murmuramos amigablemente de su personalidad indefensa.

Allí, en su pequeña historia, un adolescente se entera que uno de sus primeros profesores fue capturado por sus campañas guerrilleras y decide, inconscientemente, contribuir a su liberación a pesar de los costos de esa empresa; sin embargo, este argumento básico es tematizado con una habilidad extraordinaria que nos obliga a caer entre las letras de su escritura.
Esta confesión tardía es un esfuerzo del narrador para desarrollar una genealogía de sí mismo, un inventario elaborado desde el presente para ordenar los papeles de un viejo asunto archivado, mediante un juicio a veces severo, a veces injusto, pero siempre consciente de que sólo le resta decir “así lo he decidido”.
Para tal efecto, se esfuerza por arreglar el pasado de un adolescente provinciano desapareciendo en su escritura para modelarse en el presente como un diestro hacedor de memorias personalísimas, pero al mismo tiempo, por un extraño sortilegio semántico, colectivas: mientras tanto, nos ocupa como jueces de sus principales personajes.
En tales circunstancias, la novela puede leerse como la genealogía de un sujeto y de la inusitada oportunidad que contingente se le ofrece a éste para liberarse, a pesar de su abatimiento. Si no se leyera así, presumo que la narración sería una historia amarga, ordinaria, desalmada, una conserva nada exquisita que nunca sería abierta y untada en nuestras vidas.
Bajo este piso, el narrador desenmascara la paradoja de los padres emancipatorios del personaje, que bien pueden ser los padres de todos los que constituimos la “generación militante”, puesto que en todo momento, los del protagonista, sin saber, le sujetan a un guión político, al principio extraño, pero que después de una metamorfosis obscura se hará inexplicablemente imprescindible.
Sí, ellos, sus padres, se las arreglan para que Gómez Souza le imparta clases; sí, ellos, sus padres le presentan a Lacho el activista; sí, ellos, sus padres le hablan de la madre del profesor; si, ellos, sus padres, le informan que se encuentra preso… sí; pero, ellos, sus padres, le ruegan exigiendo “Visítalo, pero hazlo allá, de vez en cuando”.
Para entonces, “el dictado” interior del adolescente es inexorable, la sustitución imaginaria del padre coronada por las imágenes de los guerrilleros foquistas no podrían desestructurarse con las temerosas quejas, expresadas como resistencia, del pare real que ve difuminada su autoridad “natural” y jurídica; ni siquiera, con la última intentona desesperada: “Estás obsesionado con él”.
Para entonces, el “enamoramiento” fabricado en el taller familiar estaba fraguado; además, irremediablemente amenazado por otra sujeción. Así, las continuas visitas del adolescente al prisionero político, sus conversaciones y el último encargo de registro en un concurso, de algunos poemas producidos por éste en el encierro, sólo configuraban una oportunidad, sin la cual sería siempre un sujeto, y sin la cual, el narrador permanecería callado… como todos nosotros.
Si el adolescente, que es el narrador, hubiera desechado esa oportunidad y decidiese en ese entonces continuar con sus estudios “biosociológicos”, no se hubiera modelado como un narrador completo desde su primera novela. Por eso, la última visita a Gómez Souza, después de su liberación, donde el expresidiario le despide, es la renuncia del padre a tutelar un hijo que no pidió; aunque el adolescente no lo entendiera, es la autoridad de su liberación.
Sin duda, sufre ese “Ojalá y nunca más vuelva a verte” de Gómez Souza, se siente rechazado, un poco perplejo, un poco resignado, pero esa soledad diseñada por las consecuencias incontenibles de la selección imaginaria del “enamoramiento”, sin padres y sin mujer, es la oportunidad para construir su autonomía, aunque ésta fuese tan rara y sospechosa, nacía de sus propias palabras, contra el dictado que lo sujetaba, “No se preocupe… Nunca más volveré a hacerlo”.

2 comentarios

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  1. [...] la edición de la ópera prima de Agustín del Moral Tejeda (Las Choapas, Veracruz, 1956), Nuestra alma melancólica en conserva obliga sin duda a pensar en precisiones importantes dentro de la Literatura Mexicana, toda vez que [...]

  2. Solicito a usted baje esta nota que fue publicada en otro medio. Muchas gracias.
    José Alfredo Zavaleta Betancourt

    José Alfredo Zavaleta Betancourt

    Octubre 25, 2009 a 1:57 am


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