Danzón dedicado a… Juan Vicente Melo
Luis Arturo Ramos
Juan Vicente Melo fue el primer escritor que conocí; el primero a quien estreché la mano. El primero que escribió un autógrafo en un libro comprado con mi dinero. Tal acontecimiento significó el encuentro con un mundo, con una posibilidad largamente meditada. La literatura cobraba forma definida en aquel hombre que me sonreía y me estrechaba la mano. Acababa de llegar de México para hacerse cargo de la Dirección del Museo de la Ciudad de Veracruz.
Juan Vicente Melo ignoraba entonces que aquella resultaba ya nuestra segunda presentación. La primera ocurrió meses atrás en la sede del Ateneo Veracruzano. Asistí para escucharlo hablar de Emily Brönte y el amor imposible. Ahí, frente a todos, aquel escritor flaco y anguloso afirmaba sin pudor alguno que Cumbres borrascosas era su libro favorito. Para mí, aquel título sólo aludía a una película cursi que le encantaba a mi mamá.
Al final de la conferencia, los miembros del Circulo Literario Moderno, promotores de la charla, desplegaron para su venta los libros del escritor: Los muros enemigos, Fin de semana y un pequeño volumen que se representaba a sí mismo mediante un solo ejemplar: La noche alucinada.
Compré Fin de semana y esperé a que su autor terminara de autografiar ejemplares. Juan Vicente Melo comenzó a escribir en el mío: “Para Luis Arturo (me llamo fulano de tal, le dije cuando se lo extendí), este auténtico fin de semana que, espero, sea le principio de otras obras mejores” (La obediencia nocturna estaba por aparecer). Yo atisbaba por encima de su hombro y pude adelantarme al punto final. “Yo también escribo”, aclaré venciendo mi segundo miedo. El escritor seguramente sonrío, y sin levantar la pluma, continuó de corrido… “Con la esperanza de leer, pronto, libros tuyos” y selló aquella esperanza con los rasguños de su nombre que repetían, tres, cinco, diez veces, los ángulos de su cara.
Aquel pronto tuvo verificativo diez años después con la publicación de mi primer libro de cuentos, a cuya fiesta de bienvenida asistió el escritor y fue ocasión de que recibiera de su parte el segundo autógrafo. Pero de eso hablaré más adelante.
El segundo miedo quedó conjurado con la dedicatoria. El primero lo había sentido hasta el delirio minutos antes, cuando pretextando una ida al baño fui a pegar en una de las columnas del lobby una pequeña calcomanía: Dos de Octubre, día de luto nacional. No escuché el resto de la conferencia porque el miedo me hacía sentir el olor de la goma subiendo desde mis dedos, llenándome con la pestilencia del pegamento. A esta horas, justo cuando Heathcliff regresa para ver de a cómo les toca, deben haber descubierto la calcomanía, estarán llamando a los granaderos, ya llegan. Me interrogan, olfatean el pegamento en mis dedos criminales… Comencé a tallarlos en el brazo de la butaca, en el respaldo, en la manga de la camisa. Me los llené de saliva y no pude unirme a los aplausos que premiaban al escritor porque equivaldría a perder un tiempo valioso.
Cuando abandoné la sala fui a inspeccionar la columna. La calcomanía ya no estaba ahí. Tampoco había granaderos, judiciales o algo que se les pareciera. Entonces compré Fin de semana, pagué quince pesos, y me atreví a decirle a Juan Vicente Melo que yo también escribía.
Diez años después Juan Vicente me autografió Los muros enemigos, mismo que, curiosamente, también me costó quince pesos. El escritor anotó: “Discípulo amado, ¿quién nos iba a decir, diez años después, ma’o’meno’?”. Y, otra vez, el “Juan Vicente” solito rematando la observación. Noto ahora que el gancho de la Jota resulta más barroco, y que la Te del segundo nombre parece una vela china cuando antes semejaba una macana policiaca (¿sería una simbólica manera de aludir la represión de aquellos años?). Lo que continuaba igual era su amor por la comas y las frases incidentales.
De esta segunda dedicatoria conviene esclarecer el intríngulis. En 1970 obtuve la mitad de un primer premio (la otra mitad se la llevó Jaime Turrent) de cuento que fue patrocinado por la Feria Ganadera, Industrial, Comercial y Cultural (en ese orden) de San Andrés Tuxtla, Veracruz. Juan Vicente Melo fue uno de los jurados y fue también quien me comunicó la decisión oficial. Y lo hizo no sin antes espetarme un “Ya te liberaste, maestro” al que correspondí con un “El maestro eres tú”, “Maestro” expresado con un sonsonete de pasodoble. A esto debo lo de “discípulo”.
Años más tarde, inspirado por el vate autor de Mater admirabilis, encabecé una de mis cartas al escritor con un Master idem. Juan Vicente respondió con un encabezado menos cursi aunque más escandaloso: “Discípulo etcétera”. A esto debo lo de “amado”.
En 1980 compré La obediencia nocturna (agregaré que me costó cincuenta pesos sólo para continuar fiel al método). Acababa de dejar el libro en casa luego de terminada su lectura, cuando me percaté de dos cosas. Una, la ausencia de una dedicatoria; la otra, que su autor caminaba por la misma acera. “Acabo de leer tu novela, maestro”. “Pues ya era hora”, dijo su autor y continuó su camino. Imaginé ahora un malhumor como antes imaginé una sonrisa. De todas formas, advertí que no cabía mejor dedicatoria que aquella que había lanzado en alta voz.
El tiempo no pasa en vano, dicen los clásicos, y Juan Vicente y yo, aunque vecinos de la misma ciudad, no lo somos de las mismas circunstancias. Y es verdad que el tiempo no pasa en vano, nos deja muchas cosas para ayudar a soportarnos a nosotros mismos y a los demás. A mí al menos, entre otras muchas, me ha dejado sus dedicatorias, sus frases lanzadas al viento, el remordimiento que cargué durante años por no haber leído Cumbres borrascosas. Y si muchos tienen la buena costumbre de releer los libros, yo tengo además la de releer sus dedicatorias porque, como dije al principio, Juan Vicente Melo fue el primer escritor que conocí, el primero a quien estreché la mano, el primero que puso algo en un libro que compré con mi dinero.

[...] imaginar que muchos de tus queridos amigos y admirados discípulos te extrañamos; por ello ahora insistimos en reprocharle al destino que nos hubiera separado físicamente. Ahora [...]
Juan Vicente Melo: injusto es el olvido « Lejos del muladar ruido
Noviembre 14, 2008 a 3:10 am
hola,
estoy haciendo una investigación sobre Juan Vicente Melo y, hasta ahora, no he podido encontrar “EL festin de la araña” no el estudio que hizo Luis Arturo Ramos que se titula “Melomanias”, ni siquiera he podido localizarlos en bibliotecas… Ojalá que alguin pueda ayudarme a conseguirlos… realmente los necesito.
roci
Febrero 4, 2009 a 3:31 am
Roci:
Gracias por el comentario, pero hay algo que no termino de entender: ¿no has podido encontrar “El festín de la araña”? o ¿El estudio de Luis Arturo Ramos, publicado por la UNAM, Melomanías?
El asunto tiene dos noticias: la buena, que el libro de Luis Arturo -el máximo estudio sobre la obra de Melo hasta ahora existente- Melomanías, te lo podría facilitar a ytravés de una fotocopia del mismo. Me parece raro que no esté en bibliotecas, pues es ahí donde se le puede ubicar… Pero sería cuestión de ponernos de acuerdo en este caso.
Lo de Melo -es la noticia mala- resulta sencillamente imposible de localizar… Más todavía: También pido una copia, a quien lo tuviera y escrito por Melo. Según el crítico José Homero, se trata de un divertimento de Melo que alguien tomó por cierto al momento de escribir una contraportada con los libros y datos de Melo, la cual se perpetuó de edición en edición, sin que nadie o pocos en realidad dijeran la verdad alrededor de ello (Ramos, Homero, Rafael Antúnez, Luis Ignacio Helguera… me parece que Patricia Ortiz -la responsable de la ficha de Melo para la segunda edición del Diccionario de Escritores Mexicanos- y creo que un servidor). Es, como varios consignan, el nombre de una pieza musical para piano (tal vez de Scarlatti… o de alguien más), un juego de Melo con Juan García Ponce, una referencia en La obediencia nocturna, una manera cifrada de Melo para llamar a su abuela, un libro o una pieza de ópera, una metáfora de la vida familiar de Melo, una pieza para engañar a los lectores, es Melo mismo hablando de sí mismo en forma socarrona… Todas menos un relato de Juan Vicente, si bien se divertía al ver que muchos lectores nuevos se entusiasmaban buscando el cuento inexistente.
Si la investigación estaba basada en “El festín…” recomendaría replantearla… Si no es así, entonces a conjeturar con otro cuento que no sea ese, el inexistente.
Ojalá sea de utilidad esta información…
Saludos
Juan Javier Mora-Rivera
morariverajj
Febrero 4, 2009 a 4:08 am