La isla de madera: la invención del paraíso

Rafael Antúnez /Foto: Juan Javier Mora-Rivera

Darío Carrillo

Antúnez, Rafael, La isla de madera, UV, 1996, Xalapa, Ficción, 99 pp.

Novela psicológica, de aventuras, de amor, de soledad… La isla de madera convoca a las palabras para apoderarse del espíritu de lo que nombran. El autor consigue “mantener a las palabras, retorcerles el cuelo y patearles el culo” hasta hacer salir de ellas no sólo la recreación del relato bíblico del arca de Noé, sino una suerte de fábula poética cuyo tono deliciosamente melancólico está igualmente ligado a la esperanza.

En ésta, su primera novela, Rafael Antúnez, a quien ya conocíamos por sus traducciones de Umberto Saba, Dino Buzzati y Guiuseppe Ungaretti, entre otros, o mejor aún, por el libro de cuentos La imaginación de la vejez (Gobierno del Estado de Veracruz, Xalapa, 1992), se nos presenta ahora como un escritor más reflexivo y con mayor sensibilidad.
A lo largo de los cuarenta y ocho capítulos que integran el libro, vemos desfilar personajes que siguen siendo los del mito, pero vistos desde una perspectiva más humana. Noé es un viejo dipsómano preocupado todavía por complacer su líbido. Sus hijos, con excepción de Cam, son holgazanes y codiciosos, Adán configura el arquetipo del poeta; del hombre que necesita nombrar su entorno para el mismo tiempo darse identidad.
Eva representa el otro lado de la moneda, la mujer práctica:

Más que el nombre de las manzanas, deseaba saber el porqué de las manzanas, qué secreta sustancia habitaba dentro de ese fruto todo luz, qué era lo que hacía dulce y carnoso, por qué su esplendor no era perpetuo…

Todos ellos tienen que enfrentarse a los infortunios que implica el estar vivos en una tierra donde las reglas del jugo son dictadas por un ente ajeno, Dios; sin embargo, los personajes no se enfrascan en la desgracia. Emprenden una búsqueda inconsciente hacia su interior y mediante el recuerdo, el amor, el deseo, el sueño y la esperanza, van construyendo una realidad alterna que no sólo los compensa, sino que, más importante todavía, los vivifica.
La isla de madera no propone ningún paraíso como único, no es la infancia ni el amor; cada personaje, al igual que cada lector, irá descubriendo, inventando, el Jardín del Edén de acuerdo con su visión de mundo. El compartir de alguna forma la capacidad creadora de Dios, marca la diferencia entre los hombres y los animales que con ellos viajan en la barca.
Ni el dolor ni la amargura serán lo fundamental. Están presentes, sí, pero no trascienden. Lo que verdaderamente lastima es “la sorpresa y la imposibilidad de hacer algo, el sentimiento de total inutilidad”, y esto solamente ocurre con la muerte.
La novela de Rafael Antúnez provoca frecuentemente cierto afecto de comicidad debido al absurdo cotidiano al que hacen frente Noé y sus compañeros (las pruebas que Noé le pone a Dios, los momentos escatológicos, la llegada de un elefante como mascota…); sin embargo, de ninguna manera puede considerarse una obra humorística. Por el contrario, el pensamiento serio, la reflexión poética, serán las constantes que definirán la obra.
La isla de madera es un libro que por contar con una muy buena estructura y una prosa clara y precisa, puede leerse con placer de una “sentada”; no obstante, detenernos continuamente a pensar y degustar lo leído, aumenta las posibles interpretaciones y nos acerca más a una hermosa novela, íntimo homenaje a la palabra y la creación del universo.

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