Norma Lazo: novelista

Asesinar la esperanza*

NLazo

Lazo, Norma, El dolor es un triángulo equilátero, Cal y Arena, México, 2005, 158 pp.

Luis Arturo Ramos

Con base en una novela dividida en dos partes, Norma Lazo construye un polígono literario donde los sentimientos y las acciones constituyen los vértices y flancos de la compleja pero también predecible condición humana.
Utilizo el término “predecible” porque, tal y como exige la universalidad de las emociones, toda historia que involucre al ser humano está condenada a comunicar el sufrimiento. O al menos tal parece el planteamiento de esta novela. Asumido ya desde el título y ratificado mediante un epígrafe de William Blake, dicha percepción empapa las acciones de personajes que se acomodan para conformar una geometría construida mediante triángulos de diferente condición. Al final de la lectura destacan los perfiles de un diseño que remite al lector a las celdillas de un avispero.


Un “Repartidor (la mayúscula obedece a que tal oficio deriva en apelativo) de pizzas” atosigado por su precaria situación económica, arriba a un departamento cuya ridículo alquiler es a causa del suicidio de su anterior inquilino: Fabián. El edificio es viejo y habitado por una caterva de ancianos tan esperpénticos como metiches. La Niña (uno de los personajes calcula su edad entre 10 y 11 años) del departamento vecino verá la oportunidad de recuperar, con la al principio involuntaria ayuda del Repartidor, la extraña y sugerente relación sostenida con Fabián y apenas rota con su repentina muerte. Como antes, la nueva tercia de personajes quedará conformada por los únicos pobladores jóvenes del también decrépito y maloliente edificio de departamentos.
El Repartidor descubrirá que Fabián, fotógrafo de modelos, cuenta con un oscuro pasado del que dan cuenta las imágenes (entre pornográficas y eróticas) que colman las manchadas paredes de la recámara y que nadie, por prisa, terror o abulia, se ha acomedido a despegar.
Lo que viene después es la organización, simétrica y eficaz, de los diferentes triángulos conformados por una numerosa nómina de personajes que salen a cuadro para establecer una variedad de relaciones interpersonales sostenidas por el odio, el deseo, la violencia, el sadismo o la codicia; y donde todos, tal y como asegura uno de los personajes, cumplen el papel de alguno de los miembros de una triada (la que constituye el spaghetti western, El bueno, el malo y el feo) fundamental para la trama novelística. Por reducción al absurdo, el lector descubre pronto el papel que, momentáneamente, representa cada uno de los personajes. Para la Niña, vértice del que surgen y al mismo tiempo se conectan todas las acciones, Clint Eastwood es el ente ficticio que vendrá a rescatarla de su atroz circunstancia, revestido en una especie de príncipe del Oeste. Un héroe cuyo papel representó primero Fabián y ahora, en el tiempo de la novela, reactúa ese Repartidor de pizzas que experimenta una rápida transformación gracias a las fotografías en la pared y a la vestidura de los finos trajes que el suicida abandonó en el departamento.
En el viejo edificio donde nada parece ocurrir, todos los inquilinos se vigilan, se acechan, se agraden o resguardan una historia que contrasta con la rutina y aparente calma sugeridas por pasillos y fachada. El licenciado Loveland (administrador del edificio y amante de Felicidad, la dueña del inmueble, quienes junto con Fabián son los únicos personajes con nombre propio) es un inveterado pederasta interesado en proteger, mediante su particular estilo, a la infante a quien su madre vende o alquila según las circunstancias.
Felicidad, masoquista y promiscua, recluta prostitutos para satisfacer las ansias que ni marido ni amante alcanzan a apaciguar. La Niña forma parte de los desnudos que tapizan las paredes y gusta de espiar al Repartidor cuando éste hace el amor con su novia. La ninfeta conoce sus armas y las utiliza para seducir al nuevo Eastwood que, condolido por su pobre suerte como antes Fabián, promete rescatarla de la bruja (ogresa, tal vez) que la martiriza y prostituye.
Dije que la novela se divide en dos partes; en la primera, El círculo, cuyos fragmentos aparecen titulados mediante grados de la circunferencia, Fabián-Niño relata en primera persona su ardua situación con sus padres: un triángulo signado por el abuso, la violencia y el desamor. El círculo de las relaciones familiares (caldo de cultivo de todas las neurosis) que Fabián-Niño cierra mediante un acto extremo que no conviene aclarar aquí, volverá a abrirse tal y como ordenan la leyes de la geometría (el grado 360 de toda circunferencia siempre antecede al 1 de la siguiente) en su continuación obligada: la repetición de la misma historia inscrita en otra circunstancia y con diferentes personajes. En la segunda parte, El triángulo, Fabián es una ausencia presente en sus fotografías y en la huella de su paso impuesta en quienes lo conocieron. El vértice del triángulo que antes representó Fabián, queda ahora a cargo del Repartidor, quien contribuye a su vez al esquema general, con los triángulos de una vida hasta entonces anodina.
Asumo que Norma Lazo intentó ir más allá de contar una historia de pedofilia, sadismo, prostitución infantil o voyerismo. Tampoco, a pesar de que todo eso aparece, se propuso describir un “club de inquilinos decrépitos”, una nómina de vicios ocultos, un catálogo de pasiones y relaciones extrañas o aberrantes ubicadas en triángulos descompuestos o enfermizos. Ni siquiera la extrema capacidad de seducción que alcanzan algunas Lolitas del Anáhuac. Y lo asumo porque el entramado novelístico evidencia un patrón de actividades en donde las relaciones siempre involucran de manera íntima o directa a tres personajes, dos de ellos de alguna manera afines y un tercero antagónico a la pareja bien avenida. Triángulos donde al menos uno de los vértices forma parte de otra figura que repite a su vez, con nuevos personajes, la misma coexistencia violenta, absurda o enfermiza.
En su conjunto, esta figura geométrica, repetida al infinito, reproduce el esquema de las relaciones amorosas o simplemente sociales. Cada triángulo guarda y resguarda a la víctima, al victimario y al posible salvador (Clint Eastwood o su representante en este caso). Prácticamente ninguno de los personajes tiene nombre, sólo función u oficio. Para Norma Lazo vivir significa ser víctima o verdugo; de ahí que la esperanza de la salvación a la que todos aspiramos quede representada por un volátil y vaporoso héroe de la pantalla de plata, para luego convertirse en el guiño burlesco o irónico del destino. En este sentido, El dolor es un triángulo equilátero puede leerse como una novela de educación sentimental con el colofón de una enseñanza demoledora: no hay príncipe azul ni blondie cinematográfico que lo represente; por ende, tampoco existe esperanza, y si alguno la tiene mejor haría en asesinarla cuanto antes. En eso, quizás, estribe la madurez.
El dolor es un triángulo equilátero es una novela de ideas, siempre bienvenida en una actual tendencia novelística donde la repetición de acciones espontáneas y extremos desatinos, sustituyen la obligación de construir una trama por sencilla que sea. Con esta su tercera novela, Norma Lazo convoca a una costumbre que mucho de los textos actuales no permiten ejercer: el subrayado. Comparto uno de los míos: “la esperanza sólo corrompe el curso cruel del universo”. La cita aparece al final de la novela y todos los esfuerzos de la autora conducen a demostrarlo.

* Publicado originalmente en Nexos, núm. 348, diciembre de 2006

De oscuridades luminosas

Claudia Guillén

El sufrimiento, el crimen, el abuso, la evasión, la coincidencia, el reconocimiento, la decrepitud son los temas que, abordados frontalmente por Norma Lazo desde una perspectiva poco común en las letras mexicanas, tejen las historias de Fabián y una niña frente al desasosiego de la realidad en la que habitan.
En la literatura mexicana contemporánea no son muchos los autores que se atreven a abordar sin tapujos los temas “desagradables”, con la conciencia de que se escribe con búsqueda estética y no por simple provocación. Sucede con Norma Lazo quien, en su nuevo libro, El dolor es un triángulo equilátero, no teme narrar lo que su mundo interior le exige, por más escalofriante que parezca, y se interna con naturalidad en el tema del abuso, abordándolo en sus distintas manifestaciones —ya sea abuso sexual, violencia soterrada, o bien, desde la impunidad de los abusadores—. Con el fin de suavizar el impacto que representaría la exposición cruda de los hechos, Lazo recurre al simbolismo de la geometría. Así, el círculo envuelve al triángulo, y ambos se constituyen símbolos de una complejidad inagotable.
Los ejes de El dolor es un triángulo equilátero son dos niños que, a pesar de vivir su infancia en distintas épocas, se unen en el tiempo en una simbiosis de miedos y fantasías que les sirve para enfrentar el mundo adulto, que arremete contra ellos sin consideración. En este mundo adulto de la novela se desenvuelven personajes rebasados de violencia y desamor, cuya ética pareciera bordada en lo siniestro, lo indecible.
El relato se articula en dos planos: una suerte de prefacio traza el “Círculo”, donde se narra la historia infantil de Fabián, testigo de la violencia sexual ejercida por sus padres en la intimidad. Ellos ignoran que son observados y, en lo cotidiano, se desenvuelven con la naturalidad que dictan las tradiciones familiares. Por su parte, Fabián crea un mundo imaginario para refugiarse que, sin embargo, resulta insuficiente, pues el pequeño comete un crimen que trastocará el destino de quienes lo rodean.
Pasan los años.
En un segundo plano —el “Triángulo”—, la hija de la portera del edificio donde suceden los hechos conoce a un Fabián ya hombre. Él le comparte su imaginario con el fin de que la niña encuentre en él cobijo y así pueda huir de los constantes abusos de su madre, de un hombre mayor que la ronda y de los demás inquilinos del edificio.
En la atmósfera gótica del viejo inmueble transita una serie de ancianos decrépitos, cabezas desmanteladas por el ocio, que, incapaces de reconocer cualquier forma de nobleza, inventan historias perversas sobre la relación entre Fabián y la niña maltratada. Al perseguirla, al envolverla en la maledicencia, desencadenan conflictos cuya motivación, entre otras cosas, es la envidia que les despierta quien encarna una edad para ellos perdida. Liderados y manipulados por una anciana de mente sinuosa, los personajes lo carcomen todo hasta desvencijar la esperanza que resta en los inquilinos y que aún no había sido consumida por el paso de los años.
El recuerdo de Fabián, artista de la lente, representa la estética, el buen gusto. Sin embargo, al faltar él aparece otro joven, dueño de una naturaleza opuesta, que habita el departamento de Fabián y se apropia de sus cosas, posiblemente hasta de sus pensamientos. Se trata de un repartidor de pizzas, por lo que apenas cuenta con unos pesos y algunos trapos para vivir. A partir de su llegada al edificio empieza a experimentar pequeñas transformaciones, hasta que su visión del mundo cambia radicalmente.
Habitante de un universo sórdido, donde no tiene amigos de su edad con los cuales convivir, las únicas relaciones gratas de la hija de la portera son, primero, Fabián y su novia, y después el repartidor de pizzas. Oprimida entre el hostigamiento de su madre, las miradas trastocadas de la anciana que la vigila y la persecución lasciva y permanente de un hombre maduro, la niña asume un carácter provocador, impertinente. Su rostro expresa un cinismo que se alimenta del resentimiento y de sus pulsiones por sobrevivir. Su único escape posible es adentrarse en el mundo de fantasías que le compartió Fabián.
Tras un planteamiento tenso donde la oscuridad adquiere tonalidades luminosas y la sordidez arranca sensaciones de ternura, la ágil y accesible prosa de Norma Lazo teje una trama que sorprende por el manejo de las estructuras. En ella se intercalan el mundo de la fantasía y el del abuso infantil con una naturalidad que estremece. Sólo gracias a este juego de contrastes, el lector puede alcanzar algunos remansos durante una lectura trepidante, plena de emociones y sobresaltos.
Autora también de El horror en el cine y la literatura, Noches en la ciudad perdida y Los creyentes, la voz de Norma Lazo es portadora de un universo muy particular, que invita a transitar por caminos no del todo gratos aunque sí atractivos, porque representan esa parte siniestra y oscura, en suma, una de las esencias de nuestra condición humana.


* Publicado originalmente en Hoja por Hoja. Suplemento de Libros

Anuncios

4 Comentarios

  1. Pingback: Norma Lazo « akurion4

  2. eje que onda norma jeje pues soy un novato en leer libros pero el tuyo me llamo la atencion y lo compre y pues calmala esta de aquellos jajajajaja…………………………espero y te valla bien y pues espero la segunda parte de “sin clemencia”……..suerte y sige la buena vida …….atte.dany gzz.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s